Recién he redescubierto la sensación que te provoca ir al
salón de belleza. En mi afán de encerrarme del mundo, me la pasaba
viendo fotos de moda para que, según yo, no dejará a un lado esas ganas que
tenia antes de arreglarme, pero la verdad es que solo medio las veía y me aburría
al poco tiempo, luego seguía por la vida encerrada en mi casa todo el día,
atendiendo a los clientes a larga distancia con un molote mal amarrado en mi
cabeza y las uñas cortadas al ras para no tener que arreglarlas. Pero ha
sucedido que ese día que opté por entrar a cortarme el cabello en lugar de ir a
ver a mi psicoanalista me quedé embobada con esas mujeres que llevaban sus
enormes bolsas, sentadas en una mesa donde una de las empleadas le arreglaba
las uñas mientras otra le pintaba el cabello, otra que hablaba por su celular
en tanto un chico bastante guapo le secaba una larga melena negra; otra más, ya
lista en la recepción, pagando en la caja con unas zapatillas de plataforma
altísimas que le alargaban más las piernas con tremendo vestido corto. ¡Que
bonito todo eso! ¡Que bienestar ahí sentada mientras te dan un masaje en las
manos con las uñas pintadas de colores mixtos! “gris oscuro y beige para mí por
favor" ¡y ese olor! Del spray, de los tintes, del esmalte, del té que te ofrecen
mientras te atienden y te dicen una y otra vez “amor”.
¿Quién diablos necesita ir a terapia? Si cuando sales de el
salón de belleza caminas derechita apretando el estomago, mientras tu melena
suelta ese olor tan bonito, como si dijera a cada persona que
pasa a tu lado “veme a mí!
1 comentario:
A veces no nos damos cuenta de las cosas buenas que nos perdemos por quedar metido en la casa.
Besos
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