
Hoy volví temprano a casa, la epidemia de influenza humana hace que las calles estén muertas y regresemos más pronto que de costumbre. Cuando llegue a la esquina donde esta el edificio mire hacia tu ventana, buscando la sombra de tu figura, pero las ventanas estaban cerradas, contrario a lo que siempre veía y la luz roja que asomaba entre las cortinas esta vez estaba apagada.
Entre al departamento y me senté en el sillón. Ví las velas sobre la mesa y no pude más que acordarme del día de nuestra cita. No habíamos quedado en ninguna hora y además había un apagón, ya había oscurecido y sin pensarlo dos veces tomé mis llaves y subí a tocarte. Sin luz, subir las escaleras fue un triunfo, me abriste al primer toquido y para no ponerme nerviosa hable rápidamente. Acordamos vernos en mi casa y unos minutos después bajaste con mac en mano para escuchar música. Es trillado decir “hablamos como si ya nos hubiéramos conocido”, sin falsas posturas intelectualoides y a la luz de las velas hablamos y hablamos de tus planes, de los míos, de nuestra gente, de los que se han ido, de los que están, de los que me costo trabajo soltar, de los anhelos, de la fe. No estuvimos en todo de acuerdo y hasta me sorprendiste diciéndome teta o exagerada, te diste el lujo de regañarme por manipuladora y hasta me dijiste que me gusta hacerme la víctima cuando en realidad me encanta andar por ahí.
Cantaste tus canciones favoritas mientras soltabas el humo del cigarro en mi cara, te puse mis canciones favoritas mientras te hacia bailar unos pasos de salsa. Querido vecino, me convertí en tu sombra y cuando di la vuelta me di cuenta que estabas ahí para cacharme si me caia. Me hiciste reír como el lindo pulgoso con tus tonterías y hasta te seguí la corriente hablando como “La guayaba y la Tostada” seduciendo a “Pepe el Toro”, te compre un patito de plástico amarillo y lo apretabas haciendo ese ruidito al mismo tiempo que me apretabas mi impertinente "llanta".
Y en algún momento, cuando caminabamos, me tomaste de la mano y me hiciste sentir querida.
Mientras pasaba todo esto me dedique a observarte, te guarde lo mejor que pude en la mente, para un día como hoy, poder cerrar los ojos y pensar que sigues aquí sentado. Y me encontré con que la vida, cuando menos lo esperaba, me presentó a este hombre, tan guapo, que sentado frente a mi, me escuchó atento, me analizó, se confesó y me reclamó que le hablaba de tonterías cuando le dije que ya no creo en el amor.
Mejor cantamos a Timbiriche y después nos quedamos callados viéndonos a los ojos.
Al quinto día nos despedimos, con un “me dio gusto conocerte” y se acabó.
Pero sentada aquí en mi sillón mientras te “veo” caminando, acostado en el sofa viendo las noticias o riéndote con esa playera blanca entallada por todo el departamento, no aguante y subí corriendo las escaleras para buscarte, toque tu puerta en el momento en que uno de tus vecinos salía.
.-El departamento esta vacío, no vive nadie ahí.
Ahora, sentada en mi sala otra vez, pienso que eras demasiado perfecto para ser verdad.