jueves, 15 de agosto de 2013

Concupiscente



Cuando iba a la secundaria siempre guardaba dinero para comprarme unas galletas “plativolos” y comerlas despacio mientras caminaba hacia mi casa, me gustaban tanto que las masticaba despacio para que durara mucho su sabor en mi boca, las abría y lamia el relleno de crema, las mordía en trozos pequeños o golpeaba el paquete contra la pared para comerlas en moronas directo de la bolsa. Pero un día decidí que ya no iba a comprarlos nunca más porque me dio miedo pensar que iba a llegar el momento en que ya no me gustaran y se convirtieran en algo ordinario en mi vida, y así fue, nunca volví a comprar unos plativolos.  Además creo que ya ni existen.

Hace poco vi el tráiler de una película donde el protagonista es adicto al porno, si, a ver videos de pornografía, películas porno,  ver religiosamente pornografía en su computadora todos los días; hasta que su novia lo descubre y tienen por supuesto un gran problema. Esto me hizo pensar que tan sano es ver todos los días pornografía, solo ver pornografía de vez en cuando, en  cuantas mujeres ven porno, ¿solo yo tengo mi página favorita porno?, ¿porque nos da vergüenza decir que vemos pornografía? recordé los hombres a los que les hable de eso y se espantaron tan solo por el hecho de que yo supiera del tema, volví a pensar en las mujeres que se horrorizan por ello, ¡bah ellas me dan hueva! no las incluyamos; recordé lo interesante que ha sido poder hablar con un hombre en especial de ello, sin que se espante, compartiéndome su página favorita y después seguir hablando como si nada de lo que sea, donas de chocolate por ejemplo, yo que sé. En fin, el punto es que me puse a analizar si en verdad soy una adicta si todos los días quiero ver pornografía, ¿qué pasa si decido que a partir de mañana ya no voy a abrir mi computadora de manera ansiosa buscando mi link favorito? nada debe pasar;  por eso  señoras y señores he decidido dejar de ver porno… por ahora… o hasta que encuentre algo que sustituya a los añorados plativolos.

sábado, 10 de agosto de 2013

Tan evidente



Me tardé exactamente treinta y un días antes de que se me ocurriera que debía cambiar los muebles otra vez. En realidad nunca me pareció tan cómodo dormir en un sillón, creo que prefiero ver una cama, con sus cojines, su edredón y el cubre cama para no ensuciar cuando te sientas sobre ella. Y bueno, es que estaba yo muy tranquila viendo la televisión y de pronto se me ocurrió que sería mejor que las cosas estuvieran de otra manera y que seguramente mi alma y mi espíritu o mi corazón se iban a sentir mejor cuando ya todo estuviera diferente. Eso fue alrededor de las seis de la tarde y ahora a las diez de la noche no sé qué hacer con un sillón que me sobra, intenté subirlo a mi ropero pero por más esfuerzos que hice solo me dolió la cabeza y no lo logré, así que ahora descansa encima de otro sillón, porque  si, tengo tres sillones en mi recamara además del futon que funciona de cama, ah y dos sillas que son mis favoritas , antes tenía más pero por el espacio tuve que deshacerme de ellas. 

Antes de continuar con lo aburrido de mi post, hoy acepté finalmente que perdí al que yo creía que era mi mejor amigo, él cree que yo le gusto, pero yo creo que cuando tienes a alguien que no está disponible nunca, le idealizas y distorsionas las cosas. Y no es porque yo siempre estuviera en otra relación, sino porque él era de las pocas personas que sabían que aun cuando yo conociera a un hombre nuevo y saliera con él, nunca pude enamorarme de otro, no pude o no quise. Y todavía no sé si quiero. El punto es que si te gusta tu mejor amiga, lo peor que puedes hacer es besarla cuando estás  bien borracho, no es bueno.

Ahora me voy, a ver que puedo hacer con ese sillón que sobra y averiguar si cuando termine de arreglar todo, las cosas van a volver a ser perfectas.

domingo, 4 de agosto de 2013

Tiene o no usted toda la razón




Alguna vez alguien me dijo que me gusta manipular a las personas, aunque no me desagradó la idea me pareció que no tenía verdad su afirmación. No lo hago, siempre término sacando mi corazón de pollo para arreglar ciertas situaciones y un poco de tonta moral para justificar mis acciones. Cínica si, a veces, un poco. Si acepto que en los últimos tiempos he asustado a una persona diciéndole que no era sano para él que fuéramos ni amigos, pero insistía en que me iba a “rescatar”. Lo recibí en mi casa por la noche, con todas las luces apagadas, asegurándole que yo siempre vivía así porque no necesitaba la luz para vivir; caminé  sorteando  magistralmente  los muebles y aguantándome la risa escuchando como se tropezaba mientras caminaba detrás de mí. En la penumbra veía sus ojos abiertos muy grandes, intentando ver todo. Al final si me sentí un poco mal, pero esos diez minutos fueron la primera y última vez que estuvo de visita, por supuesto todos esos discursos acerca de “yo quiero cuidarte” se fueron al caño y se regresó con su novia, seguramente pensando que yo estoy loca.
En cambio, pienso en la gente que está aquí conmigo y que quiero tanto, a pesar de saber tantas cosas acerca de lo que me ha pasado, me acompañan, me apoyan y terminan comportándose conmigo como siempre, sentados en mi sala viendo una película, llendo a comprar tempranísimo a una venta de garaje y desayunando medios fodongos en los Tacos Gus de la Condesa, incluso alguien afirmo que tengo buen corazón.
También me acordé del exclamo casi de terror de una buena amiga, cuando vio que mi cama la levanté y la convertí en un sillón,  dijo que eso era malísimo porque según el feng shui para que yo tenga una pareja debe ser una cama matrimonial y tener todo en pares, dos burós, dos cuadros. No la he visto hace más de un mes, para decirle que ahora que es un sillón se puede dormir empiernados, uno encima del otro, tirar la colchoneta al piso, o como hace dos días, cuando definitivamente mejor me fui al otro sillón mientras ese muchacho piernudo dormía profundamente y se había adueñado del espacio. ¡Se veía tan guapo dormido sobre mi almohada!.