Miente quien dice que “Hogar es dondé esta tu corazón”. Eso me la pasé diciendo durante año y medio y no hice más que andar con un montón de maletas compartiendo espacio con la gente más disparatada que se puedan imaginar. Añadido a eso, pues la falsa careta de mi parte de andar de viajera cuando en realidad extrañaba tener un espacio propio, pero seguía pensando que no era una prioridad. Y sufría, así como cuando te duele no tener un lugar bonito para descansar, por no tener ganas de llegar a donde vives, por soportar terribles gustos de mis compañeros para pintar un simple muro, todas esas cosas banales a las que uno no les da importancia pero con el paso del tiempo se empiezan a acumular en cierta amargura, tan solo por llegar al punto de lograr que el Pablo me llevara a la puerta del edificio cincuentero donde vivía y yo no pudiera subirlo hasta mi recamara para darle miles de besos, porque eso no estaba permitido en las reglas. Pero llegar al punto de soñar que la mujer a la que le rentaba entraba una noche a sentarse a mi cama y me enterraba un enorme cuchillo mientras yo gritaba, eso sí fue lo último que aguanté. Fue entonces que pensé que ya estoy demasiado labregona para permitir que esas cosas siguieran pasando en mi vida, y como resuelvo casi todo en mi existencia, sin pensar, así nomás atrabancada, me puse a buscar un rincón cerca del cielo (igual que el que le trajo la felicidad a Pedro Infante y Marga López).
Y así, todo se fue deslizando de manera suavecita, sin forzarse, el primer día en internet lo encuentro, hago cita en la agencia de bienes raíces al siguiente día, me da miedo que sea con agencia porque te piden hasta el pasaporte de Santa Claus, pero me aviento, llega mucha gente a verlo, todos se horrorizan con la fachada pero se enamoran cuando lo ven por dentro, es verdad que la belleza es interior, yo veo el número de edificio y el número del departamento y pienso “es mío” , hago todos los tramites, me llaman, apruebo todos los requisitos, me mudo…
Ahora heme aquí con la mudanza recién hecha, muebles rescatados de las casas donde estuvieron almacenados y yo con mi mini departamentito inmaculadamente blanco, con puertas de madera, piso de duela y techos altísimos, todo solito para mí y la gente (que sin horrorizarse por la fachada) quiera venir aquí: a mi hogar.