A las diecinueve horas del veinticuatro de diciembre llené el formulario para registrarme en la recepción de conocido hotel en el centro de la ciudad de México. Puede parecer triste contar que estuve sola hospedada con las cortinas cerradas los dos últimos días de este mes, pero no, de entrada la gente que se victimiza todo el tiempo me caga, así que evito hacerlo. Pasarme así esta navidad fue el mejor regalo que me pude dar, aunque algunos se preocuparon llamándome para que recapacitara, se quedaron tranquilos cuando me escucharon decir: neta que estoy bien.
Este año se fueron situaciones y personas que al final creo que nunca me gustaron o sencillamente no eran para mí, ahí mi aferradez se puso bien flojita y sin complicaciones dejo ir lo que se tenia que ir.
Algunas me costaron trabajo, como que me expulsaran de un blog por no cumplir con la burocracia. Que no pude ir al cumpleaños de mi mejor amigo que se celebro a unas cuadras de donde yo estaba trabajando. Haber faltado a la reunión de la universidad, aunque fuera para confirmar que nunca me hallé en ese lugar. No haber visitado a mi familia en estas fechas donde la mercadotecnia manda regalar un chingo de afecto a nuestros seres queridos. Haber cancelado la reunión que les había prometido a mis alumnos, quienes por alguna razón que aún no descubro, me aman. Que mi novio terminara conmigo por facebook y yo después de leer su mensaje haya seguido trabajando con la misma terrible presión, o sea, como si nada.
¿Todo eso a cambio de qué? Pues eso solo yo lo sé y con eso basta, pues después de haber estado en ese hotel durmiendo lo que se me dio la gana, tomar un baño eterno en la tina, ver todos los programas cursis en la tele que quisiera, llamar al room service mil veces, inventarles historias a los empleados del hotel cuando me preguntaban porque estaba ahí sola esas fechas y hasta brincar un buen rato en la cama, solo puedo concluir que me quedo en extremo orgullosa de mí, y eso es tan chingón que repito, con eso basta.