Estás cuando la luna se va a su atmósferaaterrizar y aún quiero alcanzarte,
sin poderlo hacer...
Encontrarás tu estrella sin mirar,
irás a un planeta lejano, eterno, sin miedos;
Y ahí podrás tocarme otra vez.
Estoy segura, en verdad no tengo duda, me gustan los hombres, acepto haber sido sorprendida alguna vez viendo de reojo el trasero de alguno; haberme deleitado, sentada junto a otro, solo viendo sus piernas; cerrar los ojos embriagándome con el aroma del de enfrente; ver unos labios gruesos y olvidarme de lo que hablan mientras los recorro despacito con la vista; todo eso lo acepto. Mi pinche problema (porque si, la verdad es que es muy pinche) es que ya no me gusta estar cerca de ellos, eso también lo acepto. Puedo caminar del brazo por horas con mi mejor amigo, esto esta muy bien, ya hasta me ha tomado el ritmo de ir chocando conmigo o de que me cargue cuando me tropiezo que es bastante frecuente. Pero ayer mientras mi mente olvidadiza se lamentaba de no sentir una caricia en un buen rato, recordé que si hay tres hombres ahora que pretenden apretar mis huesitos, ¿Por qué lo olvidé? Los imagino como a tres perros, dos pequeños, uno flaco y otro regordete que solo brincan alrededor hostigándome sin dejarme seguir mi camino, el otro un perro grande que lo que hace es encimarse en mí para que no siga caminando. Los tres durante la semana pasada tuvieron oportunidad de verme, no porque hubiéramos quedado sino porque tuvieron la terrible idea de sorprenderme con su visitas, en algún momento a los tres se les ocurrió que si me tocaban la mano mientras me veían fijamente a los ojos yo quizás caería a sus pies rendida de amor o yo que chingados se que pensarían, lo que provocaron fue una sensación horrible que todavía conserva mi manita de tener encima otra mano que no esperaba y una caricia que no quería, el rechazo fue instantáneo y mi cara no pudo disimular la angustia de sentir rodeada mi cintura o esos dedos acariciando los míos, aquella sonrisa cómplice que llegue a tener alguna día mientras algún hombre me demostraba sus intenciones desapareció para ver pasar el terrible sentimiento de rechazo.
Por la tarde mientras caminaba al trabajo ví de lejos a aquel vecino que me gustaba por flaquito, cuando noté que me había visto preferí cruzarme la calle antes de tener que saludarlo y sentir otra vez una mano. Que pinche.