sábado, 21 de septiembre de 2013

Menos es más




Si todavía viera a mi psicoanalista me diría que no hago más que confirmar con mi comportamiento su diagnóstico. A veces lo extraño, creo que es más por el hecho de estar ahí frente a alguien hablando solo de mí, pero la verdad es que le perdí la fe y para mí la terapia no es más que una excusa que tenemos, los que nos creemos excepcionales, para perdonarnos de las cosas que hacemos mal y no sentirnos tan peor.
Después de  vivir en el exilio escondiéndome del mundo, de pronto me ví rodeada de mucha más gente de la que me hubiera gustado saludar en meses. Eso me dio un miedo espantoso en un principio, yo quería regresar mi cabeza debajo de la tierra.
 Ahora vivo en un departamento hippioso en bonito barrio de la ciudad de México, con otra dos personas y un perro, que reciben más visitas en una semana de las que yo tenía en un año.  Mis vecinos son extranjeros a los que les encanta vivir sin cerrar sus cortinas, así que cada día recorro un pasillo intentando no ver todas esas extrañas decoraciones, pero no puedo y siempre me encuentro con los ojos del vecino que se pasea medio desnudo, los de las francesas que trabajan en una eterna tesis  o los de los gatos que funcionan de guardianes.
Camino para llegar al autobús que en diez minutos me deja a una cuadra de mi nueva oficina, la cual se encuentra en el quinto piso de un edificio que no tiene elevador, cuando llego hasta mi rincón cerca del cielo con un casi desmayo, toda la luz que entra por los enormes ventanales no me dejaban abrir bien los ojos en un principio, hasta sentía que me quemaba la piel con toda esa exageración de luminosidad. Lo que veo a través de ellas es el cielo, alguna que otra copa de árbol enorme y los últimos pisos de un enorme hotel de paso. Todo eso alrededor de 10 personas más que trabajan aquí, y yo saludando y sonriendole a todos.

En las noches cuando regreso a mi “casa”, la mascota me recibe con saltos de alegría y yo, ante la mirada extrañada de mis anfitriones, no puedo evitar emocionarme, abrazo y juego con ese perro, le platico, le reclamo y dejo que se quede  echado junto a mí toda la noche, me cae bien, no sé, como que me recuerda a mí.

Y si, quisiera ver otra vez a mi psicoanalista para decirle, ¿en verdad no hubiera sido más fácil que me recomendara vivir con más gente y tomar el sol? Nos hubiéramos ahorrado meses.

martes, 10 de septiembre de 2013

La manera habitual



Imaginen que van ustedes por la vida caminando como si nada, cumpliendo su rutina diaria, vestidos como la gente ordinaria, viendo pasear a un perro y preguntándose si están cumpliendo con los patrones en la vida para ser feliz, de pronto el universo los toma con unas grandes pinzas que llegan desde el cielo, los levanta despacio, con cuidado y los introduce a un gran frasco de cristal, enrosca la tapa para evitar fugas y sacude una y otra vez el recipiente con ustedes dentro, removiendo frecuentemente para que no se peguen en el fondo. Bueno, quizás esto último no, pero una vez que los ha dejado bien mareados, abre el frasco y olvidando la delicadeza anterior simplemente los tira desde arriba y los ve caer fracturados en decenas de partes, luego se retira.
En verdad a veces me gustaría que mi vida fuera normal y aburrida, ser ama de casa por ejemplo, ser la esposa fiel, leal y comprensiva, hacer suculentos guisos y tener la casa impecable, ver a mis amigas una que otra mañana mientras me escapo de la rutina, pero incluso ahí creo que por azares del destino me volvería contrabandista, encontraría una manera de plantar droga en mi casa y me aburriría del ñoño de mi marido, lo dejaría y tendría un amante ruso que me seduciría cada noche tan solo por susurrarme cosas al oído. Maldita sea.
El universo me dejó tirada otra vez dividida en tres, con todos los planes echados por la borda por una mala jugada del destino y gracias a una pendeja en la que confié y me dejo prácticamente en la calle. Entre más cosas me suceden así más me preocupa el hecho de volverme más wey, más vale madre, más cínica o simplemente tener más agudo el instinto de supervivencia. Eso si, estoy segurísima que de esto no me voy a morir.