Si todavía viera a mi psicoanalista me diría que no hago más
que confirmar con mi comportamiento su diagnóstico. A veces lo extraño, creo que es más por el
hecho de estar ahí frente a alguien hablando solo de mí, pero la verdad es que
le perdí la fe y para mí la terapia no es más que una excusa que tenemos, los
que nos creemos excepcionales, para perdonarnos de las cosas que hacemos mal y
no sentirnos tan peor.
Después de vivir en el exilio escondiéndome del mundo, de pronto me ví rodeada de mucha más gente de la que me hubiera gustado saludar en meses. Eso me dio un miedo espantoso en un principio, yo quería regresar mi cabeza debajo de la tierra.
Después de vivir en el exilio escondiéndome del mundo, de pronto me ví rodeada de mucha más gente de la que me hubiera gustado saludar en meses. Eso me dio un miedo espantoso en un principio, yo quería regresar mi cabeza debajo de la tierra.
Ahora vivo en un departamento
hippioso en bonito barrio de la ciudad de México, con otra dos personas y un
perro, que reciben más visitas en una semana de las que yo tenía en un año. Mis vecinos son extranjeros a los
que les encanta vivir sin cerrar sus cortinas, así que cada día recorro un
pasillo intentando no ver todas esas extrañas decoraciones, pero no puedo y
siempre me encuentro con los ojos del vecino que se pasea medio desnudo, los de
las francesas que trabajan en una eterna tesis o los de los gatos que funcionan de
guardianes.
Camino para llegar al autobús que en diez minutos me deja a
una cuadra de mi nueva oficina, la cual se encuentra en el quinto piso de un
edificio que no tiene elevador, cuando llego hasta mi rincón cerca del cielo con
un casi desmayo, toda la luz que entra por los enormes ventanales no me dejaban
abrir bien los ojos en un principio, hasta sentía que me quemaba la piel con
toda esa exageración de luminosidad. Lo que veo a través de ellas es el cielo,
alguna que otra copa de árbol enorme y los últimos pisos de un enorme hotel de
paso. Todo eso alrededor de 10 personas más que trabajan aquí, y yo saludando y
sonriendole a todos.
En las noches cuando regreso a mi “casa”, la mascota me recibe con saltos de alegría y yo, ante la mirada extrañada de mis anfitriones, no puedo evitar emocionarme, abrazo y juego con ese perro, le platico, le reclamo y dejo que se quede echado junto a mí toda la noche, me cae bien, no sé, como que me recuerda a mí.
Y si, quisiera ver otra vez a mi psicoanalista para decirle, ¿en verdad no hubiera sido más fácil que me recomendara vivir con más gente y tomar el sol? Nos hubiéramos ahorrado meses.