Soñé que estaba en medio de una batalla, todo lo veía en
blanco y negro, cosa que no me desagradaba, hasta me gustaba estar en alto
contraste. Tenía dos pistolitas grises muy bonitas, las disparaba con
las dos manos y me sentía muy orgullosa de eso, así que solo me dedicaba a ver
la manera en que salían las balas sin ver hacia donde iban
dirigidas. De pronto me quedé sin municiones y fue hasta entonces que me
percaté de mis enemigos, apenas a unos metros de mí. Frente a mi trinchera ví
como el jefe se levantaba con su uniforme impecable y sin perderme de vista le
llamó a uno de sus soldados, se levantó un hombre delgado y guapo, con su
chaqueta llena de insignias, tan negra que me hubiera terminado muchos
cartuchos de tinta de mi pluma fuente para dibujarlo. Tenia unos ojos hermosos
y oscuros debajo de sus cejas tupidas y delineadas, caminaba despacio hacía mí
y yo comenzaba a sentir mucho miedo, primero por ser descubierta y después por
la incertidumbre acerca de lo que me iba a pasar. Mientras se acercaba noté que
ya no me podía mover y así paralizada lo vi ya de frente.
Mirándonos a los ojos se acerco y pasó su brazo alrededor de
mí, algo susurró en mi oído que no
alcancé a entender y así con ese abrazo comenzó a enterrarme un puñal muy
lentamente. Yo sentía ese dolor terrible pero no podía hacer nada, más que
desear con todas mis fuerzas desmayarme para no sentir esa tortura, pero no
paró hasta enterrarlo por completo. Después me inclinó delicadamente y me
dejo tirada en el piso, me miro un momento y luego se fue.
Cuando desperté el dolor era una prolongación de la
realidad.

