Estuve unos días en la Ciudad de
México, muchos considerando que no quería aparecerme por ahí. Yo parecía
calmada los primeros días, luego mi estomago se convirtió en una historia de
horror que no dejaba de torturarme día y noche por el dolor, hasta que una vez a la mitad de la noche me despertó un ataque de ansiedad. Hice más cosas de
las que había planeado, pero no hice un par de ellas que consideraba las más
importantes. Yo salía con cara de felicidad los primeros días, luego un hombre
me hizo un retrato rápido y cuando me lo entrego ví a la mujer con los ojos más
tristes del planeta, lo guardé en el fondo de mi maleta y no volví a verlo. Usé
lentes oscuros el resto del viaje.
Los primeros días decidí hospedarme
en un hotel en el corazón del centro histórico para facilitar tiempos de
llegada al congreso al que asistí, me hizo mucho bien estar sola pero en las
noches me daba miedo cerrar los ojos y permanecía despierta lo más que podía. Aún
con eso el lugar era lindo y decidí hacerle un dibujo antes de irme, cuando llego
la hora del check out miré largo rato la habitación y decidí terminar ahí una
larga historia, cerré la puerta pensando que con eso cerraba también lo otro.
Luego me fui con mis lentes oscuros a que mi corazón atribulado me arrastrara
por toda la ciudad.
Durante todos esos días me entró en
la cabeza nuevamente la idea de regresar a la ciudad, pero entre más pasaban
los días y reconocía ese aire de septiembre más triste me sentía, al grado de
estar a punto de llorar el último día. Y no era porque sabía que me quedaba
poco tiempo, sino de tantos recuerdos agolpados. El dolor tuvo un principio, no
existió siempre, por supuesto tuvo su creador. Y creo que aún no estoy lista
para enfrentarlo.
1 comentario:
Cada persona asume sus recuerdos de una u otra manera, posiblemente se deba a l manera como lo enfoco, las ilusiones que se forjo, etcetera, pero en todos los casos -así lo creo- lo mejor es dejarlo en el baúl del olvido.
Besos
Publicar un comentario