Cuando era niña mi papá me compró un pastel para celebrar
mis cinco años, tenía un carrusel de adorno, eran caballos alargados en colores pastel y tenían su carpa con banderillas rosa y azul.
No había invitados, solo mis papás y mis tres hermanos, yo tenía un suéter rojo
y mi peinado de príncipe valiente, lo sé por las fotografías, me veía bonita y
hasta contenta, y si, era muy feliz escuchando la música que mi papá ponía, la
que a él le gustaba y yo me quedaba sentada contemplando todo y me entraba un
sentimiento grande en el corazón que se iba hasta la garganta y me daban muchas
ganas de llorar, pero me la pasaba luchando para no hacerlo.
Cuando tenía unos dieciséis años una señora me leyó la mano,
me dijo que iba a haber dos hombres en mi vida y yo me quedé pensando eso el
resto de mi existencia, creo que por eso cuando me casé, aun cuando amaba infinitamente
a ese hombre, sabía que tenía que llegar el segundo. Lo que aprendí mientras
estuve casada fue a confirmar lo aferrada y necia que soy, estar con un hombre
ambicioso y exitoso que te dice que tú no eres nadie me hizo luchar años y años
para demostrarle que si era capaz de estar a su altura. Entonces un día me di
cuenta que ya no lo admiraba ni lo amaba y que además no estábamos al mismo
nivel, entonces dejó de interesarme esa lucha y me fui.
A veces todavía me dan ganas de llorar cuando escucho la
música de mi papá; y a veces escucho el ruido que hacía mi
ex marido cuando entraba a la casa en
las noches y me da mucho miedo, pero me aguanto y no lloro.
1 comentario:
Conozco ese sentimiento. Lo he tenido sólo en momentos de intensa alegría. Curiosamente hace años que no lo siento, jaja.
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